Y si resulta que sí puedo…?

Ante la pregunta del profesor “Alguien sabe por qué los elefantes, encadenados a una pequeña estaca, no intentan escapar?“, el aula entera se quedó en silencio. Nadie entendía a qué venía eso, qué tenía que ver con la lección de Motivación y Liderazgo que tocaba para ese día. El profesor era algo peculiar, así que todo el mundo dio por hecho que se trataba de alguna de sus salidas. Todos menos una voz que se escuchó susurrada “Porque han crecido convencidos de que no pueden“.

Se suponía que no tenía que haberlo oído nadie, simplemente me salió, así, como un pensamiento en voz alta… Pero resulta que, cuando casi cien personas en una misma habitación guardan silencio a la vez, puede oírse hasta el vuelo de una mosca. “Leches…

El profesor, que ya me tenía el perfil sacado, quiso que extendiese más mi respuesta y, por qué no, se lo hiciese saber a mis compañeros –que, todo sea dicho, estudiando Motivación, deberían dedicarse más a leer a Jorge Bucay, o similares

Hace ya unos años, me leyeron por primera vez esta historia. Para entonces no pensaba que fuese a verme tan reflejada en ella. Pocos mensajes llegan tan claros. “Y si resulta, que hoy sí puedo…?”

“Cuando yo era pequeño, me encantaban los circos, y lo que más me gustaba eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante (…). Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderos, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente: ¿Qué lo sujeta entonces?, ¿por qué no huye?

(…) Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?”.

(…)

Hace algunos años descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que no podemos hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.

Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré. Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando a veces sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: “No puedo y nunca podré”

Nuestra única manera de saber si podemos conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo nuestro corazón.”

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