Finales de Agosto, principios de Optimismo

Soy la única a la que le entusiasma que las vacaciones hayan terminado? Venga! seguro que hay alguien más. Pensadlo bien.

Se acabó el calor sofocante, ya no tenemos la obligación de “fichar” cada día en primera linea de playa para que nuestro bronceado sea tres tonos más alto que el del resto, podemos volver a la rutina de ir al gym una vez por semana {o ninguna! qué leches…}, esa ansiedad de estar sin hacer nada… No os han recibido, en la oficina, cantando a coro “Te echado de menos, todo este tiempo he pensado en tu sonrisa y tu forma de caminar. Te echado de menos, he soñado el momento de verte aquí a mi lado dejándote llevar…“?? No??

Ahora es cuando empieza lo mejor! Quién dijo rutina? Es el inicio de lo nuevo. Los Septiembres son los nuevos Diciembres. Este año será diferente. Surgirán nuevas responsabilidades {y si no surgen ya me encargaré de buscarlas} Entrar en las tiendas con la nueva colección otoño-invierno. Toca vivir nuevas experiencias y aplicar las ya vividas. Enfundarse la botas de agua nuevas. Ver hacia dónde va todo lo que dejamos en stand by durante el verano. En otoño todo está más bonito. Asimilar retos nuevos. Ir con más calma, que el sprint ya nos lo pegamos. Ahora hay que poner en práctica los nuevos conocimientos. Respirar, sentir, vivir, observar, asimilar, compartir.

Este año será distinto! Los 29 serán mejor que los 28. Terminaré el Máster. Encontraré mi hueco en RRHH. Aprenderé cosas nuevas. Este año, los domingos lluviosos serán lo contrario a deprimentes. Las navidades están a la vuelta de la esquina. En casa se harán más panellets que el año pasado y las pelis se verán con manta para dos.”

Nadie más se anima?

LadyLuck,

Y si resulta que sí puedo…?

Ante la pregunta del profesor “Alguien sabe por qué los elefantes, encadenados a una pequeña estaca, no intentan escapar?“, el aula entera se quedó en silencio. Nadie entendía a qué venía eso, qué tenía que ver con la lección de Motivación y Liderazgo que tocaba para ese día. El profesor era algo peculiar, así que todo el mundo dio por hecho que se trataba de alguna de sus salidas. Todos menos una voz que se escuchó susurrada “Porque han crecido convencidos de que no pueden“.

Se suponía que no tenía que haberlo oído nadie, simplemente me salió, así, como un pensamiento en voz alta… Pero resulta que, cuando casi cien personas en una misma habitación guardan silencio a la vez, puede oírse hasta el vuelo de una mosca. “Leches…

El profesor, que ya me tenía el perfil sacado, quiso que extendiese más mi respuesta y, por qué no, se lo hiciese saber a mis compañeros –que, todo sea dicho, estudiando Motivación, deberían dedicarse más a leer a Jorge Bucay, o similares

Hace ya unos años, me leyeron por primera vez esta historia. Para entonces no pensaba que fuese a verme tan reflejada en ella. Pocos mensajes llegan tan claros. “Y si resulta, que hoy sí puedo…?”

“Cuando yo era pequeño, me encantaban los circos, y lo que más me gustaba eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante (…). Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderos, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente: ¿Qué lo sujeta entonces?, ¿por qué no huye?

(…) Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?”.

(…)

Hace algunos años descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que no podemos hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.

Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré. Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando a veces sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: “No puedo y nunca podré”

Nuestra única manera de saber si podemos conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo nuestro corazón.”

Esa extraña sensación

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que ya ni me acordaba de cómo se sentía. Tanto que, ahora, me suena a cosa de niños. “Es mi novio“. Se me hace muy raro decirlo y cuando lo pienso siento hormigueos y escalofríos, como si no fuera conmigo.

Esa sensación de reboso. De no saber qué, pero saber que rebosas.

Tengo tantas ganas de tanto… De hacer de todo y no hacer nada. De ir hasta el último rincón del mundo y de quedarnos acurrucados en la esquina del sofá. De hablar de todo y de no decirnos nada. De pasar la noche en vela, susurrando, y de dormir abrazada. De aprender y desaprender. De vivir experiencias nuevas y de dejar el pasado atrás (que para eso es pasado). De planear y de improvisar. De reír, correr, saltar, cantar, brincar… y de tumbarnos a la bartola. Tengo ganas de verano y de Navidad. De idas y venidas. De llamadas y de whatsapps. De dar mimos y de que me cuiden (sé que suena repipi… pero es lo que hay!). De innovar y de seguir nuestras costumbres. De conocer y olvidar.

Tengo ganas de todo y de tanto… pero sólo con uno.